Atravesar el páramo del Quilotoa para abrazar la laguna es toda una aventura.

Al llegar al punto cero el color turquesa del agua de la laguna del Quilotoa impresiona. Se trata de un espejo natural de 3 mil kilómetros de diámetro, es el principal fruto de un volcán que está a 3 mil 914 metros de altura sobre el nivel del mar.

El páramo que custodia a esta laguna se muestra inocente y virgen. Son kilómetros de parcelas cobijadas por paja, el sigse y árboles de pino y ciprés.

La Panamericana Sur conduce a este paraíso natural ubicado en la provincia de Cotopaxi, desde la parroquia de Machachi, (cantón Mejía) la tierra del chagra se siente clarito el beso del viento, el aroma de la vegetación y la soledad de la montaña.

Al llegar al paso lateral del poblado de Latacunga un letrero alerta el ingreso a la laguna del Quilotoa, uno de los atractivos naturales más visitados del país, unas mil 500 personas ingresan diariamente durante el feriado.

El asfalto de una vía en buen estado y las figuras de danzantes del cantón Pujilí invitan a ponerse en contacto con la naturaleza, a maravillarse del hábitat de hombres, mujeres y niños que salen hasta dos veces al día a pastorear borregos y alpacas.

Son unas dos horas de camino a bordo de un vehículo, en todo el trayecto la naturaleza ofrece una pintura espectacular, lienzo con trazos perfectos, imágenes que enamoran.

Este es un ambiente en el que se reencuentra el hombre y la vida, a cada paso inspira detenerse, abrir los brazos y gritar a todo pulmón sin asustar o sorprender a nadie.

En lo más alto del páramo los picos de los Illinizas, el Cotopaxi y la Mama Tungurahua se muestran imponentes, bañados en nieve, son los guardianes del cielo y de la tierra.

Durante todo el camino a los dos costados de la vía se puede apreciar las casas de barro con tumbados de paja, en la puerta siempre hay un perro fiel cuidando que nadie entre sin pedir permiso.

Los terrenos trabajados a base de pico y azadón empiezan a dar sus frutos, la flor de la cebolla blanca se levanta entre surcos de pencos, parece estar lista para cosechar

Los poblados de Tigua (cuna de pintores en piel de borrego) y Zumbahua están próximos a la laguna, ambos irrumpen con la soledad de la montaña, sus casas de cemento dan testimonio de un aparente desarrollo.

Al llegar al último desvío el frío del viento es más concentrado, los ponchos, chalinas y gorras de lana dan abrigo a propios y extraños.

El ingreso al Quilotoa obliga a los ajenos a una sesión de desinfección y el pago de dos dólares por persona, prohibidas las mascotas alertan los dueños de casa.

La zona de parqueo es inmensa y los baños públicos están bien cuidados, una jauría de perros da la bienvenida, allí se entiende porque la prohibición de las mascotas, lo que menos quieren es una pelea entre los animales.

El pequeño poblado del Quilotoa abre sus puertas y un Pingullero con su flauta anima a las personas a descender a pies la montaña, hasta llegar a la orilla de la laguna.

Familias enteras se disponen a caminar hundiendo los zapatos en arena, sosteniéndose de las piedras y los que acamparon la noche anterior maravillados suben equipados con fundas de dormir, tiendas y chompas impermeables.

Los que no avanzan a subir lo hacen a lomo de burro, asno y caballos lo que agrava la condición del suelo, la gente tiene que ponerse a un lado para que pasen las bestias que suben guiadas por hombres y mujeres del campo. Al final de la aventura un plato con habas y queso devuelven las energías.  (El Arca)

 

 

 

 

Por El Arca

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